El diamante Hope

8 11 2007

El diamante Hope es un gran diamante de color azul que según algunas leyendas ha traído la desgracia a todas las personas que en alguna ocasión lo han poseído.

Según las leyendas, su origen se encuentra en la India, donde se afirma que se encontraba engastado en una estatua del templo de la diosa india Sita, de la que finalmente fue robado.

La primera pista histórica de este diamante se remonta a los años 1660-1661, cuando el mercader francés Jean-Baptiste Tavernier lo adquirió. Tavernier se lo vendió al rey Luis XIV de Francia en 1669 por 220.000 libras. Según la leyenda, Tavernier acabo arruinándose a causa de una extraña conjura en la que intervino un familiar, por la cual tuvo que huir a Rusia, lugar donde sería hallado muerto de frío y medio devorado por las ratas en 1689.

Luis XIV guardó el diamante en un cofre. En 1691 el diamante reapareció debido a la realización de un inventario del tesoro real. Madame de Montespan, la amante de turno del rey, supo de su existencia y quiso que el soberano se la obsequiara. Poco después caía en desgracia y moría olvidada, en 1707. Además, durante los últimos años del siglo XVII Francia sufrió plagas y epidemias, lo que acrecentó la creencia de que atraía la desgracia y el infortunio.

Con motivo de la visita del embajador del Sha de Persia, Luis XIV le mostró su diamante al embajador el 7 de diciembre de 1715. Ese mismo año Luis XIV murió de forma inesperada. Su sucesor Luis XV ordenó conservar el diamante en un cofre y se olvido de el. Luis XV no sufrió grandes desgracias.

En 1774, Maria Antonieta, esposa del rey Luis XVI de Francia se hizo con el diamante, y en alguna ocasión se lo prestó a la princesa de Lamballe. Al final, tanto Maria Antonieta como su marido Luis XVI de Francia murieron en la guillotina durante la Revolución Francesa. La princesa de Lamballe corrió la misma suerte que los reyes de Francia.

En 1792, unos ladrones se apoderaron del diamante, pero se mataron más tarde entre ellos y sólo uno pudo guardar la piedra que conservó hasta 1820. Ese año, un desconocido mostró el diamante al tallador holandés Wilhelm Fals para que de la joya hiciera dos. La primera fue adquirida por Carlos Federico Guillermo, duque de Brunswick. El duque de Brunswick se quedó en la calle antes de transcurrir dos meses. La segunda la conservó el holandés. El hijo de Wilhelm Fals se enamoró del diamante y se lo llevó prestado, para vendérselo a un francés llamado Beaulieu. Cuando el joven Fals se enteró de que su padre había muerto de dolor, se suicidó.

El señor Beaulieu vendió la piedra, en cuanto supo de la tragedia, a un tal David Eliason, curtidor judío, quien también se asustó y fue a vendérsela al rey Jorge IV de Inglaterra. El soberano inglés cometió el error de incrustar el diamante en la que sería su corona. Perdió la razón en 1822 y murió ocho años después.

Fue entonces cuando apareció Sir Henry Hope, personaje tenía mucho dinero y no sabía qué hacer con él. En consecuencia, escogió la profesión de coleccionista, pero era un tipo muy práctico, que no quiso correr riesgos con el diamante. Contrató a un grupo de rosacruces y les pidió organizar una ceremonia mágica, para exorcizar la joya. Y cuando estuvo seguro de que no causaría más problemas a nadie, decidió darle su nombre.

Nada malo le sucedió a Sir Henry, pero cuando en 1901 vendió el diamante Hope a un norteamericano de nombre Colot, regresó el maleficio. Este hombre perdió la salud al mismo tiempo que la fortuna y tuvo que pasar la joya al príncipe Kanitowski. Este noble ruso era muy aficionado a las juergas, además de inmensamente rico. El príncipe llegó a París, capital de la diversión, y obsequió el diamante a una vedette. Pocos días después surgió un altercado y Kanitowski mató a tiros a su amiga.

El griego Simón Montarides fue el siguiente propietario del diamante, y fue al siguiente al que siguió la mala suerte del diamante. Se quebró el eje del carruaje en el que viajaba y cayó a un barranco que el destino colocó en su camino. No murió solamente él, ya que además viajaban en el mismo carruaje su mujer y su hijo.

El siguiente propietario iba a ser Abdul Hamid II, rey de Turquía, quien acabo perdiendo el trono turco por culpa de una revolución y fue a morir de desesperación en la cárcel. La persona que obtuvo el diamante después desapareció en pleno océano.

El director del Washington Post adquirió el diamante más tarde de una institución bancaria francesa que lo tuvo en custodia y se fue a la quiebra. La esposa del periodista enfermó gravemente y su hijo murió bajo las ruedas de un carruaje.

La familia Mac Lean, de Estados Unidos, fue la última en poseer el diamante. En 1918, uno de los hijos de la familia, de ocho años de edad, murió atropellado. Luego otra de sus hijas murió por una sobredosis de somnífero. El padre murió en el sanatorio victima de una depresión. La señora Mac Lean ordenó guardar el diamante durante 20 años en una bóveda de seguridad. Veinte años después Evelyn Walsh Mac Lean, su nieta, moría misteriosamente en Texas.

Tras todos estos acontecimientos, el experto en diamantes Harry Wiston lo adquirió y lo traspaso al Smithsonian Institute, de Washington, donde se expone en una urna de cristal en la actualidad.

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